Estuve en Van Gogh.
El cielo se rompió de golpe y la lluvia comenzó a caer
iracunda, dejando ver el vano intento del cielo por limpiar aquel
pesadumbroso hedor al ayer que lo había
invadido todo. El gentío, que hasta aquel momento se movía con cansancio y
tedio, inmerso en aquel baile deprimente en el que la ciudad envuelve el regreso al hogar, dejó su estado
inerte para perderse en el nuevo ritmo frenético y atolondrado que la lluvia
imponía. Paraguas, carreras, atascos y tropiezos. Estampa de una tarde
cualquiera de un ya vencido Noviembre.
Durante un instante me quedé paralizada en medio de la
calle. Miraba aquel espectáculo grotesco que la ciudad ofrecía, y a cuyo
devenir, hoy no había sido invitada. Permanecí clavada en medio de la calle,
indiferente al trastorno que provocaba en la marea de confusión cubierta de
paraguas que, con torpeza, trataba de hallar resguardo.
Respiré. Sentí desvanecerse el peso sobre mis hombros.
Ahora veo que, junto a aquel cielo resquebrajado, cayó con furiosa determinación.
Dejé que cayera, dejé que me lloviera.
Caminé a paso lento pero decidido. Con la vista al
frente y mi ineludible destino trazado. No hubieses hallado desafío ni rebeldía
en mi actitud, sino muestra evidente de rendida aceptación. La realidad se había
ocultado sobre mí hasta hacer rebosar las nubes y derramarse en demostración de
inevitabilidad.
Recorrí unas dos o tres manzanas. Me encontré de
bruces con nuestro café, o tal vez fue él quien finalmente me encontró a mí. El
café Van Gogh. Aquel pequeño oasis del frenético centro de Madrid en el que
bebimos la vida hasta que se nos derramó entre las manos.
Entré. Atravesé el túnel del tiempo hasta llegar a
nuestra mesa. De alguna forma se me hizo evidente que aquel rincón me había
estado esperando.
Había pasado mucho tiempo, sin embargo, la mirada
sostenida durante un instante y la breve sonrisa que la camarera y yo
intercambiamos me hicieron sentir a salvo. Como si con complicidad dijera: “sabía
que vendrías” y, en un gesto tantas veces repetido, cómo si hubiese pasado allí
mis últimas tardes y no las que ya lejanas se me escapan rebeldes a la memoria,
colocó una humeante taza de té sobre mi mesa. Sentí como si aquel brebaje
contuviese el alivio y el aliento que no había hallado en otro lugar. La
sostuve, agradecida, entre mis manos.
Por primera vez aquella taza de té me pareció
demasiado caliente. Supongo que ella
también conspiró aquella tarde para desafiar a mi impaciencia, que en abierta y
perdida lucha contra mis recuerdos, trataba de alejarme de aquel lugar con
premura.
Fue entonces. Lo vi. Estaba ahí, sobre la mesa;
haciéndonos creer que de aquel momento a éste había un segundo; una mirada
desviada que volvía a fijarse un instante después. Y lo hice. Volví a ese
momento. Volví a nosotros. Lo que nunca fue; Lo que pudo ser y todo lo que fue;
estaba ahí, escrito en un posavasos: “Chamartín. 19:30” y la firma de nuestros
labios. Mi letra diez años atrás. Nunca ocurrió.
Lo sostuve como quien encuentra en un cajón una prenda
vieja que antaño fue una segunda piel. Lleve tu huella hasta mis labios. Te
sentí a mi lado y sonreí. Reconocí aquel pequeño pedazo de nosotros como
aquella prenda que, al olerla, reconoces pero se te ha vuelto extraña.
Tu presencia flotaba en el aire. Tal vez me aguardaste,
seguro de que iría una vez te hubieses marchado. Tal vez permaneciste bajo la
lluvia, mirándome tras la cristalera de nuestro café; bajo la misma lluvia que
te acompañó en mi ausencia en aquella estación de tren. Tal vez dejaste la prueba de mi palabra rota
para que la encontrase aquí y, al verme llevarla a los labios, nos sintiésemos
en paz. Tal vez no. Quizás no lo hiciste, quizás pensaste que rehusé tu
invitación y partiste con el mismo vació que te acompaño en aquel tren. Sea lo
que fuere aquí te brindo mi palabra, la cual creo que sólo te puedo hacer
llegar serena desde mi ausencia.
Te recuerdo. Recuérdame. Acordemos recordarnos. Ayer recibí
tu nota. vine aquí, estuve aquí. Hice las paces. Hoy pasamos la tarde juntos,
tal y como pediste, pero a deshora: yo con tu recuerdo y tú con el mío.
Estuvimos juntos en nuestra memoria compartida.
Hacía más de 10 años que no había vuelto a este lugar,
testigo incómodo de algo que nunca acertamos a colocar. En algunas ocasiones
había caminado sola por esta calle, disfrazada de acomodada serenidad, y pasado de largo. Cada
vez me había repetido a mi misma que no era la misma mujer que salió de aquí
con el alma herida. En esta ocasión, mientras el té quemaba mis manos, no pude
sino confesar a mi agotada razón que una parte de mí había sido abandonada allí
tiempo atrás, como retal de un patrón al que no acaban por encajar sus piezas.
Me recordaba sentada en esa misma silla, ambas por
igual resquebrajadas, diciéndote adiós. Ahora, tras lo que parece toda una
vida, he descubierto que tomé el único camino que podía tomar. Sin embargo, de
igual forma que te digo esto, con serenidad ahora puedo confesarnos que, a
diferencia de entonces, esta tarde, frente al escenario de nuestra vida, no he
deseado haber podido tomar ningún otro camino. No he hallado una sola gota de
arrepentimiento en la, no vamos a menospreciarnos ahora con eufemismos, profunda
emoción que me aún me atraganta. No se me han rebelado dudas, ni remordimiento.
No, no es eso. Es nostalgia. Habrías encontrado en mi mirada una envolvente
melancolía con la que estoy haciendo las paces. La mirada de una mujer revolviendo
entre viejos recuerdos; rememorando con la tranquilidad de saber que no lo
volverá a vivir; deseándote desde la paz del que desea bajo ineludible condición
de jamás obtener su deseo.
La lluvia ha cesado. Supongo que ahora ya no queda
nada por caer. Encontrarás mi voz, derramada en esta carta, en la recepción de
tu hotel. No lo dudes, lo hicimos, pasamos esta tarde juntos.
Estuve en Van Gogh. Sin ti. Me llevé el posavasos. No
volveré a hacerlo.
Retazos de Agosto, Septiembre, Octubre y Noviembre de
2011.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario