viernes, 9 de diciembre de 2011

Historia de un Posavasos


Estuve en Van Gogh.
El cielo se rompió de golpe y la lluvia comenzó a caer iracunda, dejando ver el vano intento del cielo por limpiar aquel pesadumbroso  hedor al ayer que lo había invadido todo. El gentío, que hasta aquel momento se movía con cansancio y tedio, inmerso en aquel baile deprimente en el que la ciudad  envuelve el regreso al hogar, dejó su estado inerte para perderse en el nuevo ritmo frenético y atolondrado que la lluvia imponía. Paraguas, carreras, atascos y tropiezos. Estampa de una tarde cualquiera de un ya vencido Noviembre.

Durante un instante me quedé paralizada en medio de la calle. Miraba aquel espectáculo grotesco que la ciudad ofrecía, y a cuyo devenir, hoy no había sido invitada. Permanecí clavada en medio de la calle, indiferente al trastorno que provocaba en la marea de confusión cubierta de paraguas que, con torpeza, trataba de hallar resguardo.
Respiré. Sentí desvanecerse el peso sobre mis hombros. Ahora veo que, junto a aquel cielo resquebrajado, cayó con furiosa determinación. Dejé que cayera, dejé que me lloviera.

Caminé a paso lento pero decidido. Con la vista al frente y mi ineludible destino trazado. No hubieses hallado desafío ni rebeldía en mi actitud, sino muestra evidente de rendida aceptación. La realidad se había ocultado sobre mí hasta hacer rebosar las nubes y derramarse en demostración de inevitabilidad.

Recorrí unas dos o tres manzanas. Me encontré de bruces con nuestro café, o tal vez fue él quien finalmente me encontró a mí. El café Van Gogh. Aquel pequeño oasis del frenético centro de Madrid en el que bebimos la vida hasta que se nos derramó entre las manos.
Entré. Atravesé el túnel del tiempo hasta llegar a nuestra mesa. De alguna forma se me hizo evidente que aquel rincón me había estado esperando.

Había pasado mucho tiempo, sin embargo, la mirada sostenida durante un instante y la breve sonrisa que la camarera y yo intercambiamos me hicieron sentir a salvo. Como si con complicidad dijera: “sabía que vendrías” y, en un gesto tantas veces repetido, cómo si hubiese pasado allí mis últimas tardes y no las que ya lejanas se me escapan rebeldes a la memoria, colocó una humeante taza de té sobre mi mesa. Sentí como si aquel brebaje contuviese el alivio y el aliento que no había hallado en otro lugar. La sostuve, agradecida, entre mis manos.

Por primera vez aquella taza de té me pareció demasiado caliente.  Supongo que ella también conspiró aquella tarde para desafiar a mi impaciencia, que en abierta y perdida lucha contra mis recuerdos, trataba de alejarme de aquel lugar con premura.

Fue entonces. Lo vi. Estaba ahí, sobre la mesa; haciéndonos creer que de aquel momento a éste había un segundo; una mirada desviada que volvía a fijarse un instante después. Y lo hice. Volví a ese momento. Volví a nosotros. Lo que nunca fue; Lo que pudo ser y todo lo que fue; estaba ahí, escrito en un posavasos: “Chamartín. 19:30” y la firma de nuestros labios. Mi letra diez años atrás. Nunca ocurrió.

Lo sostuve como quien encuentra en un cajón una prenda vieja que antaño fue una segunda piel. Lleve tu huella hasta mis labios. Te sentí a mi lado y sonreí. Reconocí aquel pequeño pedazo de nosotros como aquella prenda que, al olerla, reconoces pero se te ha vuelto extraña.

Tu presencia flotaba en el aire. Tal vez me aguardaste, seguro de que iría una vez te hubieses marchado. Tal vez permaneciste bajo la lluvia, mirándome tras la cristalera de nuestro café; bajo la misma lluvia que te acompañó en mi ausencia en aquella estación de tren.  Tal vez dejaste la prueba de mi palabra rota para que la encontrase aquí y, al verme llevarla a los labios, nos sintiésemos en paz. Tal vez no. Quizás no lo hiciste, quizás pensaste que rehusé tu invitación y partiste con el mismo vació que te acompaño en aquel tren. Sea lo que fuere aquí te brindo mi palabra, la cual creo que sólo te puedo hacer llegar serena desde mi ausencia.

Te recuerdo. Recuérdame. Acordemos recordarnos. Ayer recibí tu nota. vine aquí, estuve aquí. Hice las paces. Hoy pasamos la tarde juntos, tal y como pediste, pero a deshora: yo con tu recuerdo y tú con el mío. Estuvimos juntos en nuestra memoria compartida.

Hacía más de 10 años que no había vuelto a este lugar, testigo incómodo de algo que nunca acertamos a colocar. En algunas ocasiones había caminado sola por esta calle, disfrazada de  acomodada serenidad, y pasado de largo. Cada vez me había repetido a mi misma que no era la misma mujer que salió de aquí con el alma herida. En esta ocasión, mientras el té quemaba mis manos, no pude sino confesar a mi agotada razón que una parte de mí había sido abandonada allí tiempo atrás, como retal de un patrón al que no acaban por encajar sus piezas.

Me recordaba sentada en esa misma silla, ambas por igual resquebrajadas, diciéndote adiós. Ahora, tras lo que parece toda una vida, he descubierto que tomé el único camino que podía tomar. Sin embargo, de igual forma que te digo esto, con serenidad ahora puedo confesarnos que, a diferencia de entonces, esta tarde, frente al escenario de nuestra vida, no he deseado haber podido tomar ningún otro camino. No he hallado una sola gota de arrepentimiento en la, no vamos a menospreciarnos ahora con eufemismos, profunda emoción que me aún me atraganta. No se me han rebelado dudas, ni remordimiento. No, no es eso. Es nostalgia. Habrías encontrado en mi mirada una envolvente melancolía con la que estoy haciendo las paces. La mirada de una mujer revolviendo entre viejos recuerdos; rememorando con la tranquilidad de saber que no lo volverá a vivir; deseándote desde la paz del que desea bajo ineludible condición de jamás obtener su deseo.

La lluvia ha cesado. Supongo que ahora ya no queda nada por caer. Encontrarás mi voz, derramada en esta carta, en la recepción de tu hotel. No lo dudes, lo hicimos, pasamos esta tarde juntos.

Estuve en Van Gogh. Sin ti. Me llevé el posavasos. No volveré a hacerlo.


Retazos de Agosto, Septiembre, Octubre y Noviembre de 2011.